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Opinión
Rosario, los búnkers y la ciudad que ya no es

Allí, en las profundidades del mapa, donde no llegan las postales ni los buenos números de los indicadores de exportación, el nuevo circuito financiero de dinero fresco y masivo, el narcotráfico, ha convertido a miles en consumidores consumidos. Sus empleados llamados soldaditos deben ser pibas o pibes menores de dieciséis años para gambetear la cárcel. Están disponibles porque según las cifras del propio gobierno provincial, ocho de cada diez de las chicas y chicos en edad de hacer la escuela secundaria no la terminan.

Entonces allí están para ser vendedores en casillas prefabricadas que solamente se pueden abrir desde afuera y soportan horas y horas de semicautiverio para atender a los clientes. “Rosario siempre estuvo cerca y eso es verdad…”, canta Fito Páez en el “Tema de Piluso” dedicado a ese fenomenal actor que fue Alberto Olmedo. Hablaba de varios tipos de cercanías: la geográfica, la afectiva y la dimensión de la ciudad en el interior del artista y también del cantante. La ciudad que estaba cerca era también el lugar donde las cuestiones humanas se vivían con mayor intensidad y, al mismo tiempo, con mayor espacio y tiempo para su desarrollo. Una ciudad a escala humana, decían los rosarinos de principios de los años ochenta, cuando la noche carnívora había piantado después de la derrota anunciada en Malvinas. Las calles rosarinas, en esos momentos, eran el tránsito de los trabajadores y sus familias yendo a las fábricas, a los talleres ferroviarios, al puerto, las pequeñas fábricas y los comercios que amanecían más de un centro. Las pibas y los pibes deseaban terminar la escuela secundaria porque había en el horizonte cercano la posibilidad concreta de un empleo estable y en blanco. Los años noventa trajeron el viento de la devastación. Los únicos que se hicieron cargo fueron los desocupados, los despedidos y los que se quedaron en los barrios viendo crecer los espacios devenidos en galerías de fantasmas. Sin talleres, sin ferrocarril, sin puerto y sin industrias, surgió “la ciudad de los pobres corazones”, como también cantaría Fito. Podría decirse que Rosario hace rato que no siempre está cerca. Que la ciudad que forma parte del alma de las rosarinas y los rosarinos no parece ser la actual. Porque aquel saqueo político y económico tuvo y tiene consecuencias en la vida cotidiana de los barrios. Allí, en las profundidades del mapa, donde no llegan las postales ni los buenos números de los indicadores de exportación, el nuevo circuito financiero de dinero fresco y masivo, el narcotráfico, ha convertido a miles en consumidores consumidos. Sus empleados llamados soldaditos deben ser pibas o pibes menores de dieciséis años para gambetear la cárcel. Están disponibles porque según las cifras del propio gobierno provincial, ocho de cada diez de las chicas y chicos en edad de hacer la escuela secundaria no la terminan. Entonces allí están para ser vendedores en casillas prefabricadas que solamente se pueden abrir desde afuera y soportan horas y horas de semicautiverio para atender a los clientes. Esas casillas se llaman búnkers. Y están a la vista de todos, con el conocimiento pleno de policías, provinciales y federales. Por eso surgen las noticias de la bronca de la gente contra estos últimos eslabones del gran negocio. Se repite la imagen y reaparece la información. “El asesinato a balazos de Franco Oscar Altamirano, de 19 años, desató la furia contenida de una barriada harta de convivir con la existencia de un quiosco de venta de drogas. Todo sucedió en las inmediaciones de Tarragona y Juan B. Justo, en la zona de Fisherton Norte conocida como barrio Emaús. Altamirano fue asesinado a sangre fría con tres balazos calibre 9 milímetros cuando estaba frente a la casa de su tía, en el pasaje Kava al 7900 (paralelo a Juan B. Justo). El matador llegó solo, en un auto. Se bajó y le disparó tres veces a la víctima, el último un disparo de remate. Luego continuó viaje. El pibe fue trasladado en una ambulancia al Policlínico Eva Perón donde murió. Hace un año un primo de la víctima también fue asesinado en la misma zona. El acto reflejo de los vecinos de la barriada fue peregrinar unos 100 metros hasta una casa ubicada en Tarragona 1150 bis que en agosto de 2011 fue allanada por efectivos antinarcóticos de la Policía Federal. Una vez allí, con palos, picos, mazas y hachas la redujeron a escombros. En ese lugar, según pudo saberse, funcionaba un búnker de venta de drogas que pertenece a un traficante apodado El Tuerto. "Acá, amigo, se vende droga desde 2004. Matan gente robando para tomar droga. Y a los otros los envalentonan y los mandan a matar a los mismos soldaditos", explicó, en medio del pandemónium alrededor del quiosco, un residente de la zona. "La gente no denuncia porque tienen miedo o porque los tranzas le pagan, amigo. Es así. Pero se terminó", dijo el hombre, maza en mano”, apuntaron las crónicas. Postal de una ciudad que ya no es. De una geografía que hace rato ya no está cerca de sus propios habitantes. Noticias que parecen reclamar la necesidad de recuperar aquel perfil obrero, industrial, ferroviario y portuario para que el presente y el futuro rosarinos vuelvan a enamorar a sus propios habitantes. Fuentes de datos: Diarios “La Capital” y “El Ciudadano”, 22 de setiembre de 2012.




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Publicado el: 24/09/2012
Fuente: Agencia Pelota de Trapo
Por Carlos Del Frade.
Categorías:
Infancia / Adolescencia / Documento

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