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Análisis político: la resurrección del continente
Amanece, que no es poco

En este artículo el investigador y docente Carlos Crucella, en coautoría con Silvia A. Robin, politóloga y Vicedecana de la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la UNR, analizan el panorama político, social y económico que se está consolidando a nivel nacional y latinoamericano.

Siempre el coraje es mejor,
La esperanza nunca es vana...
J. L. Borges, Milonga de Jacinto Chiclana

La vida te da sorpresas

Hace pocos días el presidente de los argentinos sorprendió a propios y ajenos anunciando el pago adelantado de la deuda que la Argentina mantenía con el Fondo Monetario Internacional.
Con una intuición fincada en la experiencia de haber padecido durante medio siglo las condiciones impuestas por ese organismo, cuatro de cada cinco argentinos brindaron su apoyo a la decisión adoptada, según reflejan los resultados de las encuestas realizadas por las principales consultoras de opinión del país.
La ciudadanía acompañó un vez más la decisión gubernamental, sin embargo la oposición política optó, una vez más, por dejar pasar la oportunidad de elevar el nivel del debate público y con variopintas premisas solo mostró disconformidad sin desarrollar argumentaciones sólidas que expresaran una alternativa más favorable para la consolidación de nuestra economía.

De obviedades y otras yerbas

Para evitar malos entendidos tal vez sea necesario incurrir en un par de obviedades. Primera: la medida en cuestión es el resultado de una decisión tomada por la máxima autoridad política del país -cuya legitimidad acaba de ser confirmada en las urnas-,  mediante el uso de instrumentos constitucionales (el Decreto de Necesidad y Urgencia lo es) y enviada para su aprobación al Congreso, donde el oficialismo cuenta con los votos necesarios para su aprobación como consecuencia de los resultados de las recientes elecciones, esto es, de la voluntad popular o, si se prefiere, del funcionamiento de un sistema democrático y representativo. (A riesgo de alejarnos del tema central, no podemos menos que hacer notar que en la ciudad de Rosario se acaba de aprobar un fenomenal aumento de los tributos municipales -decisión tan opinable como la cancelación anticipada de la deuda con el Fondo-, a través de un trámite similar, esto es, mediante la mayoría que el partido de gobierno posee en el Concejo Municipal como resultado del abrumador triunfo obtenido en las últimas elecciones. Sin embargo, hasta el momento, no se ha escuchado voz alguna que calificara al Ingeniero Liftschitz de "hiperintendentista", neologismo acuñado con la única finalidad de contrastarlo con el "hiperpresidencialismo" que se le tribuye a Néstor Kirchner).
Segunda obviedad: esta decisión política, como cualquier otra, es opinable. Por lo tanto, además de legítimo hubiese resultado necesario para la salud de la república que una medida de esta trascendencia fuera debatida y, más aún, que esa discusión hubiese permitido que la ciudadanía se informase con claridad acerca de las posiciones de las distintas fuerzas políticas que la representan acerca de la conveniencia y oportunidad, de los costos y riesgos de la decisión adoptada, incluyendo no sólo las objeciones sino también las alternativas a la misma que es dable suponer (al menos desear) que todas o algunas de ellas pudieran ofrecer. En otras palabras, que nuestros representantes -incluidos obviamente los pertenecientes al oficialismo - hubiesen ejercitado el derecho, que es a su vez un deber ineludible de su investidura, de someter la iniciativa al debate político, la explicitación de proyectos la confrontación de ideas e incluso, si se perdona el anacronismo, de ideologías en lugar de dedicarse a hacer aquello que mejor sabe y que más le gusta (como diría el canta-autor catalán): oponerse sin fundamentos o con argumentos en los cuales se mezclan, en proporciones variables, la ignorancia, la mezquindad y el oportunismo.

Acerca de objetivos, condiciones y oportunidades

La idea del "desendeudamiento" (e incluso de la desafiliación) del Fondo había sido expresada con anterioridad por el presidente, y basta alguna lectura más o menos atenta de sus manifestaciones para llegar a la conclusión de que la misma permanecía guardada en algún rincón de su disco rígido a la espera de su oportunidad. Cabe entonces preguntarse por qué escogió este momento. En principio, una nueva obviedad. La concreción de cualquier objetivo requiere del cumplimiento de ciertas condiciones (por ejemplo, estimado lector, usted está harto de su trabajo porque el sueldo es bajo, las horas interminables y el maltrato, permanente; por lo tanto no ve la hora de mandar al diablo a su patrón. Tiene los motivos y la intención, pero no lo hará hasta tanto consiga otra ocupación, esto es, hasta que el cumplimiento de su objetivo no signifique, necesariamente, un salto al vacío).
Para pagar una deuda, sea con el Fondo o cualquier otro acreedor que a usted se le ocurra,  hace falta con qué. En este caso el con qué significa dólares. Esos que el Banco Central vino atesorando durante estos últimos dos años mediante la compra de los excedentes de la balanza comercial, para evitar de ese modo que el precio del dólar cayera a valores que hubiesen deteriorado nuestra competitividad internacional. Por lo tanto, la primera condición consistía en reunir las divisas necesarias, lo cual se consiguió recién ahora en tanto se pagaba puntualmente para evitar las imposiciones del organismo y no seguir endeudándose.
La segunda también remite a la acumulación, pero en este caso de un recurso aún más esquivo y difícil de obtener, sobre todo en estos tiempos: legitimidad (no resulta difícil imaginar qué hubiese sucedido si una decisión como ésta se hubiera adoptado con un caudal electoral del 22%, que era al que se veía confinado el presidente por la deserción de Carlos Menem en la segunda vuelta) y la cantidad de votos necesarios en las dos cámaras para que su proyecto fuera aprobado. Lo primero se obtuvo en las elecciones de octubre, para lo segundo hubo que esperar hasta el 10 de diciembre.
Tercera, pero no menos importante, era contar con una oportunidad que la hiciera más aceptable a los impiadosos "ojos del mundo". Por eso fue necesario esperar a que Brasil hiciera punta. Si la Argentina, con sus antecedentes, hubiera tomado la iniciativa, seguramente hubiese sido percibida como una muestra de irresponsabilidad por parte de un país que después de dos años de durísimas negociaciones acababa de salir del default mediante una reestructuración sin precedentes de la deuda externa que, por otra parte, había llevado adelante contradiciendo todas las indicaciones del FMI. Lula abrió el paraguas y Argentina evitó quedar expuesta al chubasco.
Por último, Argentina tenía que definir qué iba a hacer con los 5.000 millones de dólares que tenía que pagarle al Fondo durante el 2006. Se le abrían las siguientes alternativas:
- Pagar una parte y refinanciar el resto. Eso implicaba quedar expuesto a las condiciones que impusiera el organismo financiero, lo que suponía poner en riesgo todo lo logrado en materia económica hasta la fecha.
- Ir cancelando la deuda a medida que fuera venciendo. En ese caso, no hubiesen operado las condicionalidades del Fondo y, más allá de las presiones acostumbradas, el país no se hubíera visto obligado a cambiar el rumbo elegido.
- Cancelar toda la deuda con el FMI, aún la que vencía en 2007 y 2008.
- Desafiliarse del Fondo, y devolver lo adeudado en cinco años además de recuperar el valor de la cuota correspondiente al país.
Las dos opciones extremas caían fuera de la agenda presidencial, una por derecha y la otra digamos, a falta de un término más exacto, por izquierda.
Puestos a especular, se nos hace (como diría Borges) que el país "normal" al cual Kirchner suele referirse como objetivo es tan incompatible con la obediencia a las mandas permanentes del más emblemático de los organismos financieros internacionales como con un innecesario acto de rebeldía con más costos que beneficios, que hubiese deteriorado el proceso de integración regional y reinserción internacional que el país ha venido llevando a cabo en los últimos años.
Había, pues, que optar por algunas de las alternativas restantes. Y fue ahí que el presidente tomó una decisión política y es en ese ámbito en el cual debe ser analizada. Hacerlo exclusivamente en términos de su impacto económico inmediato, implica ceder a un reduccionismo que poco y nada contribuye a la comprensión cabal del hecho. (Si bien no es desdeñable el ahorro cercano a los novecientos millones de dólares en intereses que la operación reporta -equivalente al costo anual del Programa de Jefas y Jefes de Hogar-, no constituye un monto decisivo para un país cuya deuda externa ronda los ciento veinte mil millones de dólares. Por otra parte, en términos de desendeudamiento, su efecto contable es neutro, ya que se sustituye la deuda con el Fondo Monetario Internacional por una de igual valor con el Banco Central, que presta sus reservas para la cancelación de las acreencias).
Lo que Kirchner buscó con esta medida, menos convencional que la de ir cancelando la deuda a su vencimiento, pero sin impactos negativos previsibles para la vida corriente de los ciudadanos, fue transmitir un doble mensaje a la ciudadanía, que remite esencialmente a dos cuestiones que, por su trascendencia, revisten un particular valor simbólico: autonomía y política. Pero vayamos por orden.

Autonomía

En los primeros días del mes próximo, cuando la Argentina haya cancelado la totalidad de su deuda con el Fondo el país no será -lamentablemente-, menos injusto que ahora. La deuda social que tiene con una gran parte de su población no habrá disminuido un ápice. Sin embargo, como apuntaba Pasquín Durán (Frutos, Página 12, 17/12/2005) "¿Sería posible construir una sociedad de inclusión equitativa bajo la presión extorsiva de los organismos financieros internacionales?"
Desprenderse de la tutela del FMI no significa mucho más pero tampoco nada menos que ganar (algunos pero valiosos) grados de libertad en el diseño de un proyecto de país que tendrá, esta vez, menos excusas para no ser más justo. Es cierto que, en tanto miembros del organismo seguiremos sometidos a una revisión anual del estado de nuestra economía, en cuya evaluación no hay que descontar la posibilidad de que sus funcionarios den rienda suelta a la (disimulada) inquina que la medida les provoca. Pero como hasta el menos avisado puede advertir, esa opinión "de oficio", si bien no dejará de ser utilizada como coartada por los grupos de interés locales y foráneos para tratar de incidir sobre el rumbo adoptado por el gobierno, carecerá del peso necesario para alterarlo si existe la voluntad política de no hacerlo.
Esto no significa que hayan desaparecido las restricciones externas que enfrenta la Argentina, que además de la deuda reestructurada que mantiene con los acreedores privados, enfrenta la correspondiente al Club de París (una institución integrada por las principales potencias del mundo, de la cual el 60% está en mora) y la que tiene con otros organismos internacionales (Banco Mundial y BID), que si bien poseen un perfil menos irritativo que el de su hermano mayor, no por eso son más contemplativos. Sin embargo, no parece apropiado minimizar lo hecho por lo que falta.
Ausente el lobbysta de última instancia, los bonistas que rechazaron las ofertas de canje, las empresas privatizadas que exigen aumentos tarifarios y los abanderados de la eliminación de las retenciones, entre otros, estarán un poco más solos en la defensa de sus pretensiones.
A su vez, el gobierno ya no podrá apelar a la ingerencia del Fondo para demorar la adopción de ciertas medidas imprescindibles. Paradojas de la libertad, dentro de las limitaciones que enfrenta nuestro país, las autoridades tendrán más posibilidades de gobernar y, consecuentemente, menos excusas para no hacerlo. Parafraseándolo a Sartre, podríamos decir que, en el futuro estaremos en (mejores) condiciones de ser lo que hagamos con lo que hicieron de nosotros (que no ha sido poco).

La regeneración de la política

Durante la década pasada, convertibilidad mediante, las disposiciones sobre medidas que afectaban directamente la vida de los ciudadanos fueron derivadas continuamente a la fantasmagórica figura de "los mercados". De esta forma, mientras se avasallaba el patrimonio nacional y se empobrecía a la población, se naturalizaba una manera de resolución de conflictos que apelaba a la debilidad del Estado para tomar decisiones. La política dejaba de ser el instrumento para mejorar las condiciones de vida de la sociedad en su conjunto y se manifestaba como un continuo "intercambio de favores". De allí la desconfianza y el enojo de los argentinos con sus representantes que culminó en aquel derrumbe del 20 de diciembre.
Después de tan sólo cuatro años, el irritado reclamo del "que se vayan todos" parece haber quedado en el olvido. Esto es así porque en la Argentina se ha logrado reconstituir el concepto de autoridad pública y la política recupera la idea decisión como sinónimo de soberanía.
A muchos les disgusta el estilo presidencial: confrontativo, querellante, enérgico, vigoroso, muchas veces prepotente y otras avasallante. También puede mostrarse torpe, atolondrado e intolerante en el hacer. El presidente monopoliza la iniciativa y le da su propio ritmo a la política. Plantea urgencias y sorprende. Utiliza todos los atributos constitucionales que le otorga nuestro sistema presidencialista. Aprovecha los tiempos que le ofrece un escenario político en reconstrucción para cimentar su poder y fundar su propia fuerza. Pragmático cuando hay que sumar poder para lanzar los proyectos que considera necesarios, lleno de convicciones cuando plantea las transformaciones. La gran crítica que se le puede hacer es que ese compás impetuoso a veces elude el debate y los tiempos parlamentarios. En ese sentido Kirchner hace gala de su formación política setentista: el poder debe utilizarse para transformar, los tiempos son cortos y las urgencias muchas.
Sin embargo nadie que se precie de conocer algo de historia de las ideas políticas podría confundir esta práctica con facismo, ya que si algo ha hecho Kirchner ha sido reestablecer las instituciones y la credibilidad en la democracia a partir de una serie de decisiones que adoptó desde el inicio de su gestión: renovó la Suprema Corte de Justicia que había sido cómplice del vaciamiento del Estado, restableció una clara política de defensa a los derechos humanos y de enjuiciamiento a los responsables del genocidio, se enfrentó a los EEUU con respecto a Cuba y a Venezuela, y además negoció duramente con los acreedores externos.
Por lo tanto es posible afirmar que el actual gobierno erosionó los discursos y las propuestas del arco opositor tanto de la centroizquierda (en el plano de los derechos humanos y de reformas institucionales) como de la centro derecha (superavit fiscal). Sus acciones modifican constantemente el tablero político de allí el malestar de algunos dirigentes que, en una actitud necia, descalifican y pronostican tempestades.

Éramos muchos y llegó Evo

El gobierno argentino es parte de una mutación global en América Latina, una resurrección del continente frente a la prepotencia del gobierno estadounidense. Kirchner en la Argentina, como Lula en Brasil, Chávez en Venezuela, Tabaré en Uruguay y ahora Evo Morales en Bolivia, representan las fuerzas profundas de esas sociedades que han construido, cada una a su manera y de acuerdo a largos y dolorosos procesos, una alternativa dentro de la institucionalidad democrática.
En Bolivia la democracia ha demostrado la potencialidad de cambio cuando una sociedad está harta del padecimiento cotidiano. En la memoria institucional de Bolivia, ningún presidente ha sido elegido por mayoría absoluta y sin necesidad de pasar por la instancia del Congreso.
Por otra parte, el triunfo del MAS en Bolivia permite que recién después de casi dos siglos, una sociedad con una población mayoritariamente indígena elija un gobierno que los represente directamente. En los 70 ya hubo en Bolivia un presidente de similares orígenes étnico-culturales, fue el Gral. Juan José Torres que gobernó el país a principios de dicha década e intentó hacer profundas reformas estructurales que afectaban los intereses de las poderosas multinacionales petroleras y al gobierno de los EEUU. Fue derrocado por el derechista Hugo Bánzer y, exiliado en la Argentina, terminó siendo una de las primera víctimas de la "operación cóndor" el 1 de junio de 1976.
Para Bolivia el triunfo de Morales es un punto de partida para enterrar un ciclo de veinte años de neoliberalismo y entrega de las riquezas naturales del país. La sociedad boliviana harta de la política tradicional y de los enfrentamientos que la colocaron al borde de la desintegración o la guerra civil optó por aquél que, con su discurso, rompió los clásicos esquemas izquierda y derecha y hasta modificó la percepción de sectores medios.
Los movimientos sociales indígenas, acompañados por buena parte de la clase media empobrecida, parecen haber alcanzado una mayoría legislativa que les permitiría liderar un proceso de transformación política, económica y social que impulsan desde mucho tiempo atrás. Evo Morales "globalizó" las aspiraciones de una sociedad racial y socialmente mixta que apostó por una misma propuesta: la de la recuperación de su soberanía y la lucha contra la exclusión.




 

 

Publicado el: 29/12/2005

Por Carlos Crucella, licenciado en Ciencia Política, docente e integrante del Concejo de Investigación de la UNR junto a Silvia A. Robin, politóloga y Vicedecana de la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la UNR.
Categorías:
Globalización / Noticia

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    31 Dec 2005 11:41   sergio
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