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Colaboración
El aborto y las dos tradiciones bíblicas (*)

Puede sorprender pero nuestros antiabortistas de hoy día, probablemente no lo hubieran pasado bien en los tiempos bíblicos. Y esto, mas allá del único pasaje explícito sobre el aborto en la Biblia. Pero, bueno, es toda una historia...

Éxodo 21, 22-25:  Si algunos riñeren, e hirieren a mujer embarazada, y esta abortare pero sin haber muerte, serán penados conforme a lo que les impusiere el marido de la mujer y juzgaren los jueces. Más si hubiese muerte, entonces pagará vida por vida, ojo por ojo...      

 

Parece claro, el aborto inducido no viola el “No matarás”, abortar no mata una vida, o tal vez una vida plena como la de la madre. De ahí que sólo en el caso de la muerte de esta, y sólo entonces, se pagará vida por vida. Al menos en una versión bíblica protestante como la de Valera, seguramente la Biblia más difundida y popular en habla castellana [1].

Claro, no dicen lo mismo las versiones católicas ni la Revised Version, la más prestigiosa del protestantismo anglosajón, ni aún la de los Testigos de Jehová (Traducción del Nuevo Mundo). La Nácar-Colunga, por ejemplo, la Biblia quizás más promocionada de los católicos, sostiene:

 

Si en riña de hombres golpeare uno a una mujer encinta haciéndola parir y el niño naciere sin más daño, será multado en la cantidad que el marido de la mujer pida y decidan los jueces; pero si resultare algún daño entonces dará vida por vida, ojo por ojo...

 

Lo opuesto a la Valera sobre el aborto. Y hasta con mayor lógica interna. Respalda bien a un dogma con raíces, efectivamente muy antiguas en el cristianismo, un dogma que resistió la coexistencia con otras interpretaciones, y hasta lidió con una debilidad de origen: ni los evangelios ni ambos Testamentos se vuelven a ocupar del aborto inducido antes o después de este pasaje. Abundan, es cierto, alusiones implícitas a la humanidad del feto [2], pero admiten interpretaciones, como es habitual con lo tácito, sobre todo ante la ausencia de legislación concluyente.

 

Quienes defienden esta versión antiabortista suelen exhibir, sin embargo, otro buen argumento. Señalan que el verbo hebreo del original es “yatsa”, literalmente “salir afuera”, o sea, no necesariamente abortar sino también nacer en forma prematura, o con normalidad, dependiendo del contexto. El pasaje, obviamente descarta el nacimiento normal, y usa alguna de las otras acepciones. O sea, “parir” queda entre las posibilidades, no sólo abortar, y extiende la ley del talión a todo el texto. ¿Habrá que decir que el antiabortismo leyó mejor el pasaje?

 

Por desgracia, no pudimos averiguar cómo reflejan esto los célebres manuscritos del Mar Muerto (no dimos con los materiales, dejamos ese desafío al lector). Supimos, sí, que esos textos, de entre los siglos III a.C. y el I d.C., presentan divergencias importantes con cuatro ó cinco libros en su estado actual, entre ellos el de Éxodo. Pero, atención, también que convalidan asombrosamente, según los especialistas, a las otras versiones antiguas que se disponen, o sea, el Pentateuco Samaritano, la Septuaginta y los textos masoréticos [3]. Naturalmente, buscamos estas versiones...
 
(Porque convengamos: si la Valera está mal, el error es escandaloso). Veamos el texto medieval masorético:

 

Si riñen hombres y dan un golpe a una mujer preñada, y salen sus hijos sin que haya desgracia, el culpable será multado conforme a lo que imponga el marido de la mujer, y pagará según determinen los jueces. Más si hay desgracia, dará vida por vida, ojo por ojo... [4]

 

Punto en contra de la Valera...

 

Más atrás, entre fines del s. IV y principios del V, San Jerónimo vuelca el texto del griego al latín, es decir a la lengua vulgar, en la versión así llamada Vulgata. Pero lo más interesante es que empezó por traducir la Septuaginta griega, y lo corrigió luego con el texto hebreo (el pre-masorético todavía). ¿Qué tradujo Jerónimo?:

 

Si peleasen unos hombres y uno golpease a una mujer encinta y procurase un aborto, pero ella quedase viva; estará sujeto a la pena que el marido de la mujer exigiese, y los árbitros juzgasen. Pero si se siguiese su muerte, pagará alma por alma...

 

A ver, acá sí. Si hay aborto sin que la madre muera, no hay pago “alma por alma”; sólo se produce si muere la madre. San Jerónimo, a despecho de textos y autores cristianos anteriores a él, y, atención, de su propia oposición al aborto [5], traduce el pasaje con un sesgo abortista que, desde luego, no pudo habérsele escapado. Y eso sólo le da más crédito.

 

Claro, el punto es que ese sesgo no pudo salir más que de un lado, la antigua y tan venerada por el cristianismo Septuaginta, (ya vimos que el texto hebreo no dice eso). ¿O se equivoca San Jerónimo? (incluso contra su opinión que debió mantenerlo especialmente alerta). Se va poniendo interesante.

 

Seguimos por el túnel del tiempo, y leemos “el otro” texto hebreo: el Pentateuco Samaritano (la Torá de una facción judía, separada definitivamente del judaísmo oficial en el último tercio del s. II a.C.). Estamos nada menos que 600 años atrás de Jerónimo. Bien, ¿qué tenemos?  Algo contundente: los samaritanos no desmienten el texto masorético (aunque de este los separen 1000 ó 1100 años), y confirman, por el contrario, el celo impresionante de los copistas:

 

Si riñen hombres y dan un golpe a una mujer preñada, Y SALE EL PARTO sin que haya desgracia, SE HA DE MULTAR al culpable conforme a lo que imponga el marido de la mujer, y determinen los jueces. Más si hay desgracia, dará vida por vida, ojo por ojo... (en mayúsculas las ínfimas diferencias con el texto hebreo) [6].

 

Y llegamos a la Septuaginta (s. III y II a.C.), la fuente más antigua. A ver ¿qué vuelcan al griego los 72 sabios judíos de Alejandría?  Se dice que Tolomeo no aceptaba que la prodigiosa biblioteca careciera de una traducción griega de la Biblia, y los convocó para solucionarlo. ¿Qué tradujeron? :

 

Si luchan dos hombres y golpean a una mujer encinta, y saliese el niñito de ella no formado, se pagará una multa; según lo que imponga el marido de la mujer, se dará equitativamente. Pero si está formado, dará alma por alma... [7]
  
¡Epa, acá sí salta una variante! [8]. Una visión perdida en las versiones siguientes de una humanización tardía del feto, perdida incluso por Jerónimo. Aquí no se hace foco en el daño a la madre, hasta parece olvidársela (aunque el “alma por alma” de suyo la incluye, como que Jerónimo se lo aplicará luego exclusivamente a ella). Pero se dice que el embarazo tiene dos fases, y entre ellas no hay un salto sólo cuantitativo: ...hay un alma de por medio. 
 
Hoy consideramos que “el niñito formado”, el feto con apariencia humana, no ocurre hasta el segundo trimestre de embarazo (al final del tercer mes aparecen los dedos en las manos y los pies, y se manifiestan los genitales; en el cuarto mes el feto adquiere forma reconocible, pero recién a principios del quinto –unas 18 semanas– se define el rostro). Está claro, por lo tanto, que esta idea de la Septuaginta es casi el criterio médico actual, o el más extendido al menos, para diferenciar el aborto del parto prematuro –unas 20 semanas–. Y es probable también que si los sabios hubieran manejado técnicamente este concepto, hubieran explicitado lo que, de todos modos dan a entender: que el ser abortivo no tenía alma y el prematuro sí.


¿Pero que les picó en Alejandría?

 

¿Acaso la inspiración divina aprovechó y corrigió el original hebreo? ¿Se cortaron solos nuestros sabios?  En realidad, no parece haber otra cosa que un sesgo agádico, esto es, una versión ampliatoria y explicativa del pasaje (agadá=divulgación didáctica), dirigida en este caso al prestigioso mundo griego. La Biblia rebosa de digresiones de esa clase, que a través de los siglos quedaron incorporadas y se cristalizaron con el texto. Y aquí había de sobra algo oscuro y necesitado de explicación, junto a la oportunidad de conciliar con la idea helénica de la dualidad entre el cuerpo y el alma, que también hallamos en otros escritos judeo-alejandrinos [9].

 

Claro, en principio. Porque esto también contrasta, se lleva de patadas con el texto hebreo, e incluso, y lo que parece más grave, con la idea torática de la unidad entre el cuerpo y el alma, una idea de la primera etapa bíblica que conducía, inexorablemente al seol como lugar de aniquilación (según la Torá; el resto de la Biblia no dirá eso después, ni menos el rabinismo ni el cristianismo). Sin embargo, desde hacía tres siglos esta era una visión que venía cambiando en Palestina, exactamente desde el exilio babilonio (s. VI a.C.), en que el judaísmo empezó a incorporar la idea del más allá y de la vida después de la muerte. Esto condujo a replantear el sistema de premios y castigos, y a abrirse hacia la responsabilidad individual, es decir, a dar un gran salto teológico y ético, que dejó atrás la vigencia exclusiva de retribuciones colectivas y obtenidas sólo en este mundo (una noción que aún había defendido la reforma pre-exílica de Josías, y que, naturalmente giraba sobre la idea de responsabilidad colectiva por la que los hijos pagaban la culpa de los padres y los premios eran por generaciones). 
  
Bien, todo eso se revolucionó en Babilonia. Y esta creencia, es decir, la de un alma revoloteando con independencia del cuerpo, y ausente por lo tanto en cualquier niñito no formado, digamos que aleja la sospecha de tergiversación sobre aquellos sabios desconocidos, que Tolomeo, según San Ireneo, mandó traer de Jerusalén, y que produjeron setenta traducciones tan idénticas entre sí que demostraron la intervención divina más allá de toda duda [10].

 

Ahora bien, como sea se nos revela de pronto una lectura del s. III y II a.C., asombrosamente flexible y “moderna” del original (sin mucho de Ireneo, por cierto). Una lectura de un judaísmo en transición, a juzgar por los datos conocidos y por esta conducta del judaísmo alejandrino. Y, por supuesto, se nos revela la bifurcación de los escritos en dos tradiciones: la “antigua”, con los 2.600 años de la Torá, y la “moderna”, con los 2.200-2300 años de este texto judío helenizado de la Septuaginta, que a su vez parece reflejar o hablarnos de otra lectura en Palestina.

 

Porque convengamos: otra cosa se parecería demasiado a... una herejía por parte de la venerada Septuaginta.


O qué nos picó a nosotros...

 

Pese a todo, lo más interesante no es lo paleográfico sino que esta traducción, la de la Septuaginta, tan alabada como decimos por el cristianismo, fuera en esto tan escandalosamente olvidada por las actuales Biblias cristianas (...salvo nuestra Valera). Aun cuando, ¡oh, sorpresa!, también descubramos que la Septuaginta y San Jerónimo, y no el texto hebreo, fueron el libreto de la Iglesia durante el larguísimo tiempo en que defendió una postura menos rígida que la actual [11].
                       
El antiabortismo hoy lee, combativamente el texto masorético, y retuerce con interpretaciones el que la Biblia no se expida contra el aborto inducido. Deja de lado que la omisión pesa más que un caso particular o un castigo ad hoc y no normatizado, o que la vida de la madre se considere cuanto menos tan valiosa como la del hijo (y cuanto menos porque en algunas otras versiones es más valiosa).

 

Pero, sobre todo, se soslaya otro aspecto. Y es que, en ambas variantes, la pena impuesta por matar al feto castiga un acto realizado contra la voluntad de los padres. No es menor: el silencio de la Biblia sobre el aborto inducido se refiere sólo al consentido y al preterintencional por parte de los padres (al manipuleo abortivo o... por paliza del marido). Y esto, pese a que otros daños y otros castigos están perfectamente tabulados (que un amo le rompa un diente a un sirviente, que un buey hiera a alguien y el dueño ya conociera su agresividad, etc.).

 

¿Ve bien la Biblia entonces que un marido castigue y haga abortar a su mujer? (tomando el extremo más burdo). No, sería absurdo. Pero si el aborto inducido por los padres, con o sin paliza, es un crimen, sorprende que no lo diga con todas las letras, cuanto más expidiéndose sobre otros abortos (por negligencia de terceros y abortos espontáneos). La Biblia sabe bien, sin embargo, que la vida embrionaria o fetal “no es una vida más”: es vida, claro, y lo considera “alguien”, es cierto. Pero también nos dice que ese alguien aún está viniendo, que no tiene identidad, y que, de morir, seguirá en la misma inconciencia (porque “a las tinieblas va..., no ha visto el sol ni lo ha conocido..., y con tinieblas su nombre es cubierto”, Ec 6, 3-5). ¿Cómo entenderlo?  Pues que si “no es una vida más”, y matarlo es crímen, mal podía quedar sin un principio específico o una regulación especial, y librado al genérico No matarás.

 

Se arguye, no obstante, que si se condena lo menos –una muerte accidental–, se incluye lo más –lo deliberado–. Y es lógico. ¿Pero alcanzaría a los padres? ¿Se castigaría al marido si el aborto era “accidental”? ¿Qué clase de justicia sería para la propia esposa y para los otros hijos..? No, no parece casual que el pasaje se limite a terceros. Y desde luego, es aún menos verosímil que las responsabilidades sujetas a pena de muerte se fijaran tácitamente, y se lo dejara librado a las lecturas más opuestas.

 

En realidad, el silencio bíblico parece abrir otras posibilidades. O primó la doctrina de la esposa como propiedad del marido (No codiciar la mujer, ni el buey ni el burro ajeno, Dt 5, 21). O el tortuoso proceso compositivo de la Biblia metió aquí otro tijeretazo y dejó un jeroglífico (nunca hay que olvidar que la Biblia apuntaba a ser una obra con otro encanto y belleza; la paleografía hoy descubre que quienes la reescribieron en el s. V a.C., virtualmente se lo impidieron. Se identifica a esos redactores como Fuente P[resviteral], y como un aporte sacerdotal del post-exilio que no sólo es el más caudaloso sino el de estilo más pedestre. Algo definitivamente paradójico porque es eso, justamente lo que permite mejorar la identificación y datación de otras fuentes que sobrevivieron en forma de pasajes intocados o de contenidos con otro espesor, belleza o antigüedad. Pero este hachazo –no el único pero sí el más catastrófico– es una herida que precisamente fue cicatrizando, bien o mal, en las lecturas que resignificaron los textos achatados: la Septuaginta, Cristo, los evangelios, el rabinismo trabajaron en esa dirección). 

 

Por lo demás, el nacionalismo bíblico, como todo nacionalismo glorificó el crecimiento poblacional (Gn 1,28; 35,11; 48,4), y rechazó cualquier control de la natalidad. Ahí está la suerte de Onán por echar su semen en tierra (Gn 38,7-8). Pero lo impactante es lo otro, como decimos. Que por alguna razón (probablemente ligada al androcentrismo) no se tome en cuenta el aborto inducido por los padres, y que el castigo sólo recaiga sobre los que los damnifiquen (bien que en un caso tan particular que refuerza lo del tijeretazo a los textos). Y nada más, o muy poco sobre la interrupción natural.

 

Aunque, obsérvese, curiosamente a esta última sí se la califica sin ambages: se la ve como un castigo (Os 9,11 y 14) o una desgracia (Job 21,10; 1Co 15,8-9); como fantasía suicida de un desesperado (Job 3,3, 11 y 16; Jer 20,17-18), o, al mismo hecho de evitarla, como una ventaja o una bendición para los animales y la gente (Gn 31,38; Ex 23,26). Es decir, se confirma indirectamente que el aborto no podía ser bien visto aunque no se condenara. Pero este contraste –calificando tan detalladamente la interrupción natural e ignorando la más criticable–, sugiere también el rastro de las viejas compilaciones y fusiones, y que el mismo pasaje sería un jirón de código. Pero, bueno, como dijimos, ya es paleografía.


Más biblistas que la Biblia

 

Nos queda sin averiguar, aunque también nos excede, qué llevó al cristianismo del s. XIX a archivar la inspiración recibida de la Septuaginta y de Jerónimo, y a polarizarse. Porque es a partir de entonces –estuviera el niñito formado o sin formar– que el Vaticano y varias iglesias protestantes vieron sólo homicidio y embistieron contra el aborto inducido sin importarle los costos. Pero queda claro, no es en la Biblia donde nace la radicalización sino en no escuchar sus silencios, y en la lectura prejuiciosa de un pasaje oscuro. No es justo hablar, en esto al menos, de dogmatismo bíblico.

 

En aquel mundo de los 72 sabios, nuestros antiabortistas de hoy día, y sus resultados en términos de mortalidad maternal, no hubieran sido felicitados precisamente. Ni tampoco en Jerusalén, donde acaso hubieran sido tachados de herejes, o de desconocer la Ley  (leída ahora con el enfoque que desplegó el judaísmo alejandrino, y que, significamente, es más o menos el que mantiene el judaísmo actual).

 

Hoy el antiabortismo lee mal el texto masorético, y soslaya escandalosamente a la Septuaginta. Y, a su vez, la Valera y otras Biblias se apoyan en Jerónimo, que simplifica la versión griega (bien que respetando su actitud menos draconiana, la valorización de la mujer y la libertad de los padres). Lo paradójico es que el antiabortismo haga su lectura imitando la táctica, precisamente de Jerónimo y la Septuaginta, en tanto aborda con traducciones y reformulaciones un texto mutilado o arcaico, o ambas cosas. Un texto que no le sirve ni le sirvió nunca a nadie en su sentido literal, y que vaya a saber a qué contexto perdido remite. ¿Acaso a una sociedad primitiva y demasiado autoagresiva? No lo sabemos, es el extremo perdido. El otro es este, una cultura casualmente... autoagresiva.

 

El pasado no fue, precisamente una maravilla pero hacerle justicia puede ayudar a ver más clara esta ferocidad del presente.


                                                                             

________________________________________________
* De “LA BIBLIA erótika: una guía de lectura”, en preparación.

 

Notas:

1)  Usamos la edición 1960 de Valera, aunque no hay cambios sustanciales en las revisiones de1909 y 1995, ni tampoco en la “Biblia de las Américas” (1986), la “Nueva Versión internacional” (1999), y la “Versión en lenguaje divulgativo” (ligadas todas a “The International Bible Society”). Ninguna de ellas utiliza “parir” sino “abortar” (o sea, fracasar, malograr, interrumpir...).
2)  Sobre la humanidad del feto, véanse: Gn 25,21-22; 2R 19,3; Rt 1,11; Job 3,3; Is 37,3; Jer 1,4-5; Sal 139, 13-16; Ec 6,3-5, y del NT: Lc 1,15, 36 y 41-44; Ga 1,15.
3)  Los textos masoréticos provienen de copistas judíos o masoretas –del heb. “masora”, tradición–, que iniciaron esa práctica en el s. VI. Las copias más antiguas que se conservan son de los s. IX y X.
4)  En castellano existe al menos la versión del texto hebreo de Dujovne-Konstantynowski, de permanente consulta para este libro, donde el pasaje resulta muy afín a la versión de Valera. Es evidente que toma de esta algunos lineamientos, y alguna crítica, efectivamente ha recibido en ese sentido. Sin embargo, lo más probable –precisamente a la luz de pasajes como éste– es que la traducción sea más bien un compromiso entre el texto masorético y el judeo-alejandrino.
5)  Aunque la Iglesia Católica condenó recién en 1869 explícita y oficialmente el aborto, la desaprobación viene de lejos (más allá incluso de su énfasis fluctuante). En el s. II ya se pronunciaban contra el aborto la Didaké, la epístola de Bernabé, Minucio Félix, Aténagoras y Tertuliano, entre otros. Y en el caso particular de San Jerónimo tenemos esta reflexión: “Algunas, al darse cuenta de que han quedado embarazadas por su pecado, toman medicinas para procurarlo, y cuando (como ocurre a menudo) mueren a la vez que su retoño, entran en el bajo mundo cargadas no sólo con la culpa de adulterio contra Cristo sino también con la del suicidio y del asesinato de niños.” (Carta a Eustaquio).
6)  El texto samaritano ofrece unas 6.000 variantes con el texto oficial hebreo, y unas 4.400 con la Septuaginta (varias fuentes).
7)  Tomamos las traducciones de la Septuaginta y de La Vulgata, del artículo “El aborto en la Biblia”, de Mons. Enrique San Pedro S.J., quien recuerda que una subestimación del feto era consistente con los antecedentes legislativos del Medio Oriente. Los códigos babilonio, asirio e hitita, en circunstancias aún más graves (los dos primeros aluden a las agresiones deliberadas –no accidentales como en la Biblia– contra embarazadas), también ordenaban multas por los fetos y pena capital por la pérdida de la madre, con excepción del código asirio que para damnificadas de alcurnia admitía la pena de muerte por la pérdida del feto. Hay una interesante enumeración de estas reglas en el trabajo de este obispo católico, que concluye: “todo el contexto parece indicar que tampoco en Israel el feto era aún sujeto de plenos derechos. Por otra parte, la Septuaginta podría estar testimoniando una creciente sensibilidad hacia los derechos del feto”, añade instalando a la Septuaginta en el proceso evolutivo de las ideas. En: http://www.vidahumana.org/vidafam/abortobiblia.htm (s/d de fecha, salvo que el autor falleció en 1994 en su diócesis de Miami).
8)  Y esto, pese a que “hay alrededor de 1.600 pasajes en los que el texto samaritano concuerda con la LXX y no con las lecturas hebreas, lo que indica que los traductores de la LXX trabajaron con un texto hebreo muy análogo al de los samaritanos” (Del art. referido al Pentateuco Samaritano en el Nuevo Diccionario Ilustrado de la Biblia, de la Editorial CLIE, Terrassa 1985. Cf: http://www.saucedovni.com ).
9)  Encicl. Judaica Castellana IX, 132.
10)  Contra los herejes, Libro III, 3.9.7.
11)  Un largo tiempo en que la Iglesia se apoyó en esas versiones bíblicas, pero también en su coincidencia con Aristóteles, para quien el feto masculino carecía de ánima antes de los 40 días y el femenino antes de los 80. De ahí que para San Agustín, por ejemplo, el aborto temprano no fuera homicidio, y sólo le pareciera condenable por el hedonismo que denotaba. Mucho más tarde, “en 1140, Graciano compiló las primeras colecciones de ley de cánones que eran aceptadas dentro de la iglesia. El Código de Graciano incluía el canon Aliquando, que concluía que ‘el aborto era un homicidio sólo cuando el feto ya estaba formado’. Si el feto no era aún un ser humano formado, el aborto no era considerado un homicidio. Este punto de vista lo confirman los escritos de Inocencio III (m. en 1216) y el Decreto de Gregorio IX (c.1240). (Teresa Lanza, Ivana Calle, de Católicas por el derecho a decidir / Bolivia. En: http://www.geocities.com/catolicas/articulos/aborto/historia.htm (19. 3.2000).





 

 

Publicado el: 22/11/2006

Por Héctor Cepol.
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    24 Nov 2006 20:42   david
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    25 Nov 2006 00:19   Irene
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    25 Nov 2006 00:14   IRENE
El aborto y las dos tradiciones bíblicas , COMENTARIO
 
    25 Nov 2006 04:38   Joaquín
Texto hebreo sobre el aborto
 
    14 Apr 2013 03:04   iroibfvjdp
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    03 Jan 2015 05:55   horny
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    25 Nov 2006 10:13   Amigo de la verdad
El texto en la versión PT
 
    25 Nov 2006 10:19   rubén
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    26 Nov 2006 22:33   Eric
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    27 Nov 2006 09:49   yeico
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    22 Mar 2010 05:48   svqcedkxpl
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    02 May 2015 14:57   luidji
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    13 Aug 2013 06:57   bilrpxqyddh
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    23 Oct 2010 08:28   Gilisberta
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