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Informe: A 8 años del diciembre de 2001
Cómo abrir el pecho y sacar el alma

El 19 y 20 de diciembre de 2001, 9 personas murieron en nuestra provincia. A 7 de ellas, las mató la policía de Santa Fe y 4 eran jóvenes de entre 15 y 20 años. En sólo 2 causas hay condenados. En las demás, la Justicia dictó la falta de mérito para todos los policías imputados y nunca investigó a los responsables políticos de la masacre, entre ellos, el actual senador nacional, Carlos Reutemann. El pasado viernes 18 se realizó la habitual marcha para exigir Justicia.
A 8 años, enREDando publica un informe con las voces de familiares de las víctimas. Cómo eran, con qué soñaban, quiénes eran. Sus deseos, sus proyectos. El 19 y 20 recordado través de las palabras de Mary la esposa de Rubén Pereyra y Sara, la hermana de Walter Campos.

Un hermano cuida a su hermanita de 11 años, le pinta sus zapatillas con ceritas de colores y prepara un mate cocido casi todas las mañanas. Hoy, Sara ya tiene 19 años y cada vez que puede denuncia que a su hermano, cuando tenía 15, lo fusiló la policía en el año 2001.

Un papá sueña con el cumpleaños de 15 de su hijita que tiene tan solo 1 año y medio. Y también es un buen hermano que intenta rescatar de la mala junta a uno mayor que cayó preso. Pero en diciembre de 2001 lo asesinó una bala policial y su hijita Aldana, hoy, con 9 años, acompaña a su mamá en cada marcha de repudio.

Un hijo ayuda a su madre a hacer los mandados y siempre la acompaña a todos los lados. Tenía 16 años cuando murió asesinado por las balas de plomo, en diciembre de ese trágico 2001. Hoy, su mamá Mabel, inundada de un dolor que la dejó sin palabras durante 8 años, recuerda a su hijito que cada vez que podía, le decía: “cuando yo trabaje, Mami, te voy a comprar lo que necesites”.

Una mamá sale desesperada a buscar a su hija, un furioso 19 de diciembre de 2001, en plena revuelta social. Y la rescata. Pero a ella, que tenía tan solo 18 años, la mataron las balas de la policía santafesina a metros de su casa. Hoy, su mamá Lila, la homenajea con cada copa de leche que prepara en el comedor comunitario.

Todos tenían entre 15 y 20 años. Eran pibes nomás, adolescentes que fueron creciendo a la par que aumentaban los bolsones de pobreza, post década del 90. Y soñaban con lo simple, ver crecer a sus hijos, festejar un cumpleaños de 15 o compartir, cuando se podía, un mate cocido.

Pero en esta parte de la tierra, tierra de lo inaccesible, a los hombres de hierro les importa poco los sueños de los pibes empobrecidos. Para ellos, que no escuchan ni el grito, ni la voz, mucho menos el dolor, un sueño vale lo mismo que una bala calibre 9 milímetros.

Al menos, eso dicen las autopsias y pericias que prueban la masacre planificada del 19 y 20 de diciembre de 2001, donde tan sólo en la provincia de Santa Fe murieron 9 personas, 7 de ellas en manos de agentes policiales e integrantes de las Tropas de Operaciones Especiales (TOE)

La Comisión Investigadora No Gubernamental, conformada luego de los trágicos sucesos del 2001 en Argentina, afirma y prueba la planificación de una matanza desatada en diferentes barrios de la ciudad de Rosario: Empalme Graneros, Las Flores, la Sexta, lugares donde se concentró la mayor cantidad de reclamos sociales, como así también en la ciudad de Santa Fe y Villa Gobernador Gálvez. En estas puebladas, donde cientos de personas, en su mayoría jóvenes, salieron a la calle a pedir por alimentos, las secciones policiales de las comisarías y las Tropas Especiales emboscaron, primero, y luego gatillaron sobre el cuerpo de niños, hombres y mujeres. “Cuatro fusilados encontraron la sentencia de muerte mucho antes que el Poder Ejecutivo Nacional dispusiera el estado de sitio”, denunció por aquel entonces, el periodista rosarino Carlos Del Frade.

Por esas horas, el presidente Fernando De La Rúa decretaba el estado de sitio en todo el territorio argentino. “En un contexto de profundo retraimiento económico, de inequidad social se produjeron en todo el territorio encendidas manifestaciones de protesta. Contra ellas, el Estado desplegó una fuerte represión que incluyó la declaración de Estado de sitio en toda la Nación. Alrededor de treinta personas murieron y otras 4500 fueron detenidas”, detalla el Centro de Estudios Legales y Sociales (Cels) en su informe del año 2002. También sostiene que “la medida decretada por el Ejecutivo fue inconstitucional, pues sólo el Congreso puede declararla en caso de conmoción interior, tal como lo establece el artículo 75 inciso 29 de la Constitución Nacional (…) Es preciso tener en cuenta que la enorme cantidad de detenciones que se produjeron esos días, no fueron dictadas en virtud de ninguna orden escrita. Esto es, únicamente en 29 casos existió un decreto que ordenaba la detención de esas personas en virtud del estado de sitio. El resto de las detenciones fueron absolutamente ilegítimas”.

A 8 años de la masacre, en la provincia de Santa Fe, en tan solo dos causas, - la de Claudio Lepratti y Graciela Acosta-, existe condena para los policías que fueron imputados, Esteban Velázquez, integrante del Comando radioeléctrico de Arroyo Seco y el cabo Luis Armando Quiróz. En las demás -Walter Campos, Rubén Pereyra, Juan Delgado, Yanina García, Ricardo Villalba- el Poder Judicial se encargó de custodiar una impunidad que incluye, además, la falta de investigación en las causas en las que se investiga las responsabilidades políticas del recordado ‘diciembre negro”, las del entonces gobernador y actual senador Carlos Reuteman, el ex ministro de gobierno, Lorenzo Domínguez, el ex Secretario de Seguridad Enrique Alvarez y el ex jefe de la policía de la Provincia de Santa Fe, José Storani.

Cada año, familiares y organizaciones sociales, realizan un acto frente a Tribunales Provinciales para repudiar la complicidad entre el Ejecutivo y el poder Judicial, que nada hizo para esclarecer los asesinatos de las 7 personas que murieron por aquellos días.

“Durante las jornadas del 19, 20 y 21 de diciembre del 2001 el despliegue de las fuerzas de seguridad en toda la extensión del territorio provincial y, en especial, el operativo policial montado en Rosario, Villa Gobernador Gálvez y la ciudad de Santa Fe, obedeció a una decisión política del gobierno provincial. Por lo tanto es evidente que dada la magnitud de los acontecimientos, no fue la conducción de la Policía quien decidió llevar adelante ese gran operativo donde participaron todas las divisiones y secciones policiales, sino que fue el Poder Ejecutivo el que ordenó cuáles eran los objetivos a cumplir y cómo cumplirlos.”, informó la Comisión Investigadora No Gubernamental en el año 2004.

¿Cómo los mataron?

Al Pocho, como llamaban a Claudio Lepratti le tiraron para hacerlo callar. Tenía 35 años y era un militante social inmensamente comprometido con la barriada de pibes que habitan en Ludueña. Cuando lo mataron, estaba gritando, a fuerza de impotencia, sobre el techo del comedor de la escuela Mariano Serrano de las Flores. Pedía a gritos que dejaran de tirar porque allí había pibes comiendo. Un perdigón de escopeta calibre 12,70’ le perforó la garganta.

A Rubén, de 20 años, le dispararon mientras esperaba un bolsón de alimentos para su mujer y su niña de 1 año y medio. Cuando abrieron las puertas del camión que supuestamente traía la comida, salieron policías que tiraron a matar con balas de plomo.

A Walter lo corrieron hasta que sus piernas no dieron más. Sufría una enfermedad reumática y tenía, apenas, 15 años. Al igual que Rubén, esperaba por comida en una fila que su mamá, Gregoria Luna, le había pedido que hiciera. Walter tenía 5 hermanas mujeres y 4 hermanos varones. Él era una de los que más cuidaba de Sara, su hermanita que en ese entonces, tenía 11 años.

A Ricardo no le alcanzó ser el preferido de Mabel, su mamá. A pesar de que estaba todo el día con ella, el miércoles 19 de diciembre de 2001, una bala calibre 9 milímetros disparada de una pistola reglamentaria policial, lo fusiló a 50 metros de distancia, en posición de tiro, rodilla en tierra, según constan las pericias realizadas y notificadas en el expediente judicial. Tenía 16 años.

Yanina salió a buscar a su hijita y a medio metro antes de llegar al umbral de su casa, una bala policial, del mismo calibre que la de Ricardo, la quemó por dentro. Cuentan testigos que los únicos que estaban con escopetas y tiraban tiros al aire, eran policías. Ella tenía 18 años. Hoy, a 8 años de la masacre, “la mamá de Yanina anda hormigueando en un centro comunitario, colaborando con sus manos, homenajeando a Yanina cada vez que le vienen fuerzas para salir de su casa. Y eso es todos los días. La hija de Yanina la sigue esperando”, cuenta Gustavo Martínez, militante social y amigo de Pocho Lepratti.

Juan, de 28 años, tenía el corazón de oro, describe su hermana Catalina Delgado. A él también lo mató la policía, aunque no exista condena alguna por parte de la justicia. En su cuerpo, según acredita la autopsia, se registraron 5 disparos de arma de fuego, fuertes golpes y heridas de bala de goma. Lo fusilaron mientras esperaba la entrega de bolsones de comida junto a un grupo de 150 personas, en la zona de Necochea y Cochabamba. De acuerdo a testimonios de testigos, cuando Juan “intentaba levantarse, un policía de la seccional apodado “Toro” intentó dispararle con su itaka, pero no pudo porque ya había agotado su carga. Al advertirlo, extrajo entre sus ropas un revólver y le disparó. Minutos después, una ambulancia recogió a Delgado y lo trasladó al hospital a donde llegó muerto”. Gustavo Martínez dice que “los padres no deberían estar en el entierro de sus hijos. De eso sabe también la madre de Juan, y lo sabemos todos, y también lo sabe Catalina, que cuando pide castigo, pide por su madre que sabe que los padres no deberían estar en el velorio de los hijos”.

A Graciela Acosta, una ferviente militante social de Villa Gobernador Gálvez, la velaron sus 7 hijos. Fue asesinada por otra bala policial de 9 milímetros, mientras buscaba a sus niños en una multitud de personas que se agolpaban frente al supermercado la Gallega. Esa bala le incendió el pecho. Eduardo Nocetti, un reconocido periodista de la ciudad y un testigo de lo que sucedió en Villa Gobernador Gálvez “sostuvo que al ver la forma en que la policía disparaba, se acercó a los agentes para preguntarles si estaban disparando balas de goma con las pistolas. Los policías le contestaron: “...a los negros estos si no le damos con plomo, no los paramos con nada”.(Fuente: Informe año 2002, CELS.)

¿Quién era Rubén Pereyra?.

En su causa, los 8 policías implicados fueron sobreseídos con la falta de mérito que dictó el juez Osvaldo Barbero. Para Mary, su mujer, Rubén era el mejor papá que Aldana podía tener. Ellos se conocieron a los 6 años. A los 15 se enamoraron y tuvieron una hijita. Rubén se ganaba la vida como podía. En su carro, juntaba cartones y botellas. “Le gustaba los caballos y los perros. Cuando yo lo conocí al poco tiempo falleció su papá, y al tiempo su mamá tuvo mellizos y él tuvo que dejar la escuela en tercer grado y salir a trabajar. Con eso ayudaba a su mamá y a los hermanos”, me dice Mary, una joven mujer cuyos ojos color miel se le llenan de lágrimas cada vez que recuerda el día en que mataron al papá de su hija, el 19 de diciembre de 2001.

“Tenía un hermano que tenía 25 y se drogaba, tomaba. Empezaron a salir los dos con los carros y él empezó a probar el poxiran”. En ese entonces, tenía apenas 14 años. Un año estuvo Rubén aspirando poxiran. Después, cuenta Mary, entró en una granja de recuperación en Coronel Domínguez. “En ese tiempo, nosotros éramos amigos y yo me senté a hablarle porque veíamos que la mamá estaba mal. Él era el sostén de la familia”. Después de estar internado aproximadamente un año, “salió renovado. Pero lo que lo tiró abajo, un mes antes del 2001, es que al hermano lo llevaron detenido”. Desde esos escasos 15 años hasta los 20, Mary compartió la vida con Rubén. “De la granja salió trabajando. Y me acuerdo que él le hablaba mucho a su hermano. Rubén lo ayudaba y lo visitaba en la cárcel”.

¿Qué sucedió el miércoles 19 de diciembre?

Así lo recuerda Mary. “Rubén fue a un minimercado del barrio con su hermana y sacaron yogur, leche, pañales. Fue el 19 al mediodía. Trajo cosas para la hija. Ese mismo día a la noche, vino un grupo de amigos a decirle que en la ruta se estaba juntando familia y barra de pibes para agarrar cajas de alimentos que llegaban en un camión del Libertad. Él me dijo que no iba a ir. Yo me fui a dormir con mi hija y a las dos horas, me vienen a avisar que a Rubén le habían pegado un tiro en la ruta.”

Mary salió a buscarlo. Lo encontró muerto. “Hacía ya más o menos 1 hora que estaba dando vueltas en el barrio porque no tenían donde llevarlo. Lo llevamos al Hospital Roque Saénz Peña. Los policías de la Comisaría Sub 19 me hicieron declarar y les dije que no sabía nada, que le habían pegado un tiro en la ruta pero que busquen porque había testigos.” En la mañana del 20, en la comisaría sub 19 a Mary no le dieron el papel que certificaba la muerte de Rubén. “Cuando entro a la comisaría estaba el comisario Pol y el subcomisario González y me miraron burlándose”. Al salir, en la esquina de Hortensia y Flor de Nácar, “estaban haciendo pericias”, recuerda y agrega “ellos dicen que lo pasó, sucedió adentro del barrio, pero hay varios testigos que dicen otra cosa”. En el barrio Las Flores de Rosario gobierna el miedo y los testigos ya no quieren hablar. “Solamente Raúl Cardozo, otro testigo, dijo que cuando se dirigía a la ruta a buscar a su hija, escucha muchos disparos y vé cuando Rubén cae. No vió quién disparó, pero sí que eran todos policías los que tiraban”. Y también, lo vió a Rubén caer con una caja de alimentos sobre su hombro.

Del supuesto camión que traía comida, salieron policías a repartir balas de plomo a montones. “Cómo había muchos chicos y mujeres, los varones quedaron atrás. A Rubén le pegan y cae sobre la bajada de la ruta, no en el puentecito. Cardozo va y lo levanta y le dice a él que corra a buscar a su hijo, que él estaba bien. Cardozo se fue, Rubén se levanta, hace dos pasos y cae de nuevo”. Según me dice Mary, una pareja lo recogió pero se niega a declarar porque tiene miedo y “saben quién les disparó”. “Ellos me dijeron a mí, frente a la Comisión, que fueron policías y vieron el número de patente, pero se fueron del barrio. Le tienen miedo a Pol”, el entonces comisario de Las Flores.

¿Qué dice la versión oficial de la policía?

Que fue un ajuste de cuentas entre bandas. “Quieren tapar todo porque el día 21, cuando ya no pasaba nada, nosotros íbamos a velar el cuerpo de Rubén, por Autopista y España, había una chata de Guardia de Infantería que empezó a reprimir al aire. Y la gente les decía que dejen de tirar porque iban carros, chicos en bicicleta acompañando el cuerpo de Rubén y ellos estaban reprimiendo”, dice Mary.

La causa, desde abril del 2003, se encuentra archivada, sin actuaciones judiciales y lleva el sobreseimiento de 8 efectivos de la División de Drogas Peligrosas.

¿Cuáles eran los sueños de Rubén?

Uno de ellos, monumental. Rubén quería conocer la cancha del club de sus amores, River Plate. Pero otro sueño, más intenso y profundo, lo desvelaba. “En ese tiempo, se estaban por cumplir los dos años de Aldana”, expresa Mary, con su voz quebrada, su llanto carcomido por tanta injusticia y el inmenso dolor en su pecho. Como puede, me dice que Rubén estaba enloquecido por festejar el cumpleaños de su hijita. Cumplía dos años el 14 de enero. “Lo único que le faltaba era la torta, todo lo demás se la regalaban las señoras donde él limpiaba cuando salía con su carro. Todas las familias que lo conocían le dieron todo para el cumpleaños”.

El 28 de enero, Rubén iba a cumplir la mayoría de edad, pero no lo dejaron ser grande. Lo mataron siendo un pibe. Ese mismo día, Los Pereyra planeaban festejar los dos cumpleaños, el de Rubén y Aldana. “Estaba contento porque iba a ser mayor”, dice Mary, tratando de encontrar alguna explicación a tremenda masacre. Y la empezó a encontrar cuando decidió juntarse con otros familiares de víctimas y heridos del 2001 y sobretodo, cuando se acercó a la Comisión Investigadora No Gubernamental. “Me ayudaron a salir a la calle a pedir justicia. También se acercaron maestros del barrio y Herminia Severina, de madres de plaza de mayo”

¿Qué pasó con la palabra?

¿Cómo vencer el miedo a decir, a no callar, a gritar?. De a poco, Mary fue entendiendo que la palabra, necesariamente, debe circular y hacerse oir para que las voces no queden silenciadas como expedientes judiciales. “Empecé contar de a poco. En el segundo año quería abandonar todo, porque mi nena empezó a ir a un Centro Crecer en el barrio y allí apareció el Sub comisario González. Iba muy seguido y no sabíamos por qué motivo. La saqué a la nena y no quería saber más nada porque tenía miedo. Cada vez que tenía que pedir un papel en la comisaría Sub 19 no me daban nada”.

Hoy, Aldana tiene 9 años. Y de a poco, va conociendo la historia impune de la muerte de su papá. Acompaña a Mary a las marchas y ayuda a su abuela “que en los últimos años no ha venido porque le fallecieron dos hijos más”.

¿Quién era Walter Campos?.

Una de las 5 hermanas mujeres de Walter, Sara, es la que se anima a hablar, a contar, a decir y recordar a su hermano. A su lado, está Mariela, otra de las Campos, callada pero atenta a cada palabra y recuerdo de su hermano Walter. “Él siempre estaba con nosotros. Éramos muy unidos con toda mi familia. Somos 5 mujeres y 5 varones. Le gustaba criar gallinas y siempre andaba con chicos chiquitos”, expresa Sara que con sus 19 años se parece a la niña de 11 que vivió la muerte de Walter, en el 2001.

Los Campos son humildes, y, según me cuenta Sara, callados. Excepto ella.
Vienen de la tierra del Chaco, lugar donde crecen las Tunas de color verde. “Mi mamá siempre nos cuidaba, nunca nos abandonó”, acota Sara, “aunque estemos en la calle. Parábamos en las estaciones. Cuando llegamos acá, en el 96, llegamos a la estación, y éramos dos familias, que parábamos ahí. Estábamos tranquilos, no teníamos casa. Después pusimos plástico, madera, chapa y ahora la casa es de material. Íbamos siempre juntos a pedir”.

¿Y cómo era Walter como hermano?

El mejor, según lo describe su hermana. Era silencioso y callado. “Era medio duro para demostrar los sentimientos pero era muy bueno. Viste como es la gente que critica lo que vé. Decían que mi hermano andaba en mala junta, pero yo que era chica lo miraba y una persona cuando anda en mala junta o se anda drogando cambia su forma de ser, y él siempre era igual con nosotros. Nos preparaba el mate cocido y era el que más estaba con nosotras”, afirma, con una inocencia que desborda en nervios, risas y dolor. “Viste que cuando se drogan se arruinan físicamente, y él no, andaba bien. Me acuerdo que los pibes que se drogaban cuando estaban con él, estaban bien, tranquilos. Él cuidaba las gallinas. Yo me acuerdo que antes que a él lo matesen a mí me operaron del corazón. Y me acuerdo que él me llevaba al hospital en cocoyito. Y cuando ya me habían pasado a la sala, después de estar en terapia, estaban mis hermanos, y él se quedo en la puerta y se puso a llorar”. “Él siempre compraba para comer y le gustaba acomodar las cosas”, recuerda Sara.

A Walter lo velaron en la casa de una de sus hermanas. “Todos mis hermanos lloraban y mi mamá lloraba mucho. Yo no llore casi nada, estaba jugando”. Sara apenas asomaba algunos soles cuando a Walter lo mataron, con un tiro en la cabeza. Hoy, ya es una adolescente de 19 años qué sabe, con claridad y certeza, qué pasó con su hermano aquel 21 de diciembre de 2001.

¿Qué sucedió el 21 de diciembre de 2001?


Así lo recuerda la hermana de Walter. “Había una señora que se encargaba de repartir cajas de alimentos. Era un reparto de cajas, ese día lo iban a hacer. Mi hermano se levanta, fue todo muy rápido. Él preparaba para todos el mate cocido y viene mi mamá y le dice que vaya a hacer la fila. Cuando llegó, esta señora andaba siempre con los milicos. A mi hermano lo mataron como a las 11, 12 y el alimento llegó a las 3 de la tarde. Había mucha gente y él estaba casi último en la fila. El milico lo agarra y le dice “identificate”. Era un tal Ojeda que lo conocía a mi hermano”.

A Walter, como dicen en la calle, lo tenían fichado. “Lo llevaban, lo negaban con mi mamá cuando lo tenían adentro y lo cagaban a palos. Y ese día, mi hermano corrió porque lo vió al milico, vaya a saber por qué lo hizo”, se pregunta Sara una y otra vez. ¿Por qué corrió si el nunca corría?. “Ese día corrió y había muchos milicos y la gente dice que los milicos decían “agarrame al flaquito, al que tiene la camiseta de Central”. Mi hermano no tenía antecedentes, nada. Lo corrían y lo llevaban para el Arroyo. Tiraban tiros al aire y mi hermano no sirve para correr porque tiene reumatismo, una enfermedad en los huesos”.  Lo remataron con un tiro en la cabeza, en Olivé y Arroyo Ludueña, después de haber sido perseguido por personal policial. “Cuando lo llevan ahí abajo, mi hermano quedó cansado, Iglesias (sargento de las Tropas de Operaciones Especiales) decía que lo único que se le veía era la cabeza y que estaba atrás de un árbol y que después se le veía la mano y dicen que en esa mano tenía un arma y qué si le tiraban a la mano, iba apretar el gatillo y ese disparo iba a darle al policía Ojeda. Y dijeron que fue un tiroteo. Había una viejita que dijo que a ella no la llamaron para declarar y que le hicieron levantar todas las balas. “Lo que ví es que estaba agachado, agarrándose las piernas, como cansado”, dijo la viejita. Ahí, digo yo, aprovechó el milico. Es raro que haya habido francotiradores en ese lugar”, dice Sara, que al igual que Mary, no encuentra explicación e intenta buscar algunas posibles respuestas para entender la muerte de su hermano.

“Quizás se quedó agachado porque no daba más, se cayó y cuando se levantó le tiraron en la cabeza”, explica y agrega e insiste, “todo fue muy rápido”. Su hermana lo conocía y asegura que Walter no podría haber tenido un arma de fuego. La versión policial dice, como en todas las causas, todo lo contrario.

“¿Y qué dice la versión oficial?"


Según la indagatoria del Sargento Iglesias, el tirador profesional de las TOE, “uno de los policías se acerca a una distancia de aproximadamente de diez metros sin advertir la presencia del sujeto armado o sea sin haber visto que había regresado. Ahí entonces efectúo un disparo dirigido un metro por encima de él, aunque no lo veía porque estaba oculto, sabía que estaba ahí, con el fin de que desista de su actitud. El personal se sigue acercando hasta unos cinco metros de donde se hallaba el sujeto perseguido, veo que este masculino levanta la cabeza y la mano con el arma dirigida hacia el policía, que es lo que alcanzo a ver a través de la mira. No me quedó otra opción que efectuar un disparo hacia el bulto más visible, que era en ese momento su cabeza”.

Nunca se probó la existencia de francotiradores en el lugar, y a pesar de las contradicciones en las que incurrieron agentes de las Toe y policías de la comisaría 20º, el sargento Iglesias fue imputado y luego sobreseído por falta de mérito.

¿Crecen las tunas?

Gregoria es la mamá de Walter. Como describe su hija Sara, una mujer silenciosa. Dice Gustavo Martinez que “su silencio aturde desde aquel 21 de diciembre de 2001 cuando un tirador especial de las Toe decidió vaciarle el hipotálamo a Walter y a sus 15 años”. Y también dice que en la tumba de Walter crecieron tunas de color verde, como las que crecen en el Chaco, y que esa tuna lo acompañó para que “todos tengamos una patria en la que los padres no estén en el velorio de sus hijos”.

¿Para qué pintar murales?

Para recordarlos vivos, llenos de color y con una profundidad que habla de la vida misma. En cada barrio, el grupo Arte por Libertad junto a familiares decidieron plasmar en los muros algo que tenga que ver con la historia de Walter, Rubén, Yanina, Juan, Pocho, Graciela, Ricardo. Con la vida de los chicos, mujeres y militantes asesinados en el 2001. “Los murales del grupo Arte por Libertad hablan de los despojados y condenados, traen a la memoria la acción con presencia, la existencia con huella. La memoria a la intemperie”, escribe el periodista Hernán López Echagüe.

Y Mary me cuenta: “Allá en las flores hicimos un carrito que identifica a Rubén, hicimos un chico sentado al costado del carrito, un símbolo de una tapa del disco de Los Redondos que le gustaba a él. Participaron gente del barrio y amigos y vecinos”. “Para nosotros fue importantísimo porque a 8 años, fue la primera vez que se hizo algo que quede presente en el barrio. Es una manera de recordarlos”.

Sara toma la palabra para contar cómo fue pintar ese mural que hoy, derrocha colores verdes esperanzas en el populoso barrio de Empalme Graneros. “Pintamos la palabra justicia en color verde esperanza. Y después todos los nombres, escritos en el mismo tamaño. Hay mucha gente que sufre la injusticia, porque hay mucha gente que está sola y nadie la escucha. Hay otra gente que también son víctimas y están esperando justicia”.

¿Qué hacer frente a tanta impunidad?

“A 8 años no se hizo nada”, denuncia Mary. Pero la esperanza la impulsa a seguir luchando en busca de justicia, no solo por los muertos del 2001, sino también, por todos los heridos que se cobraron las balas y los palos policiales. “Estoy viendo para que los familiares del barrio también se sumen a la lucha y digan lo que sientan, porque aunque no les hayan quitado la vida a sus hijos, le robaron la posibilidad de seguir trabajando. Hoy en día, andan en el centro con un carro a caballo porque no pueden conseguir trabajo a causa de la dificultad que les dejo la policía”.

“La mercadería que se perdió fue un desastre para los dueños, pero de eso nadie se acuerda y se puede recuperar, pero la vida vale más”, dice, con simpleza y crudeza Sara Campos.

El legado de Claudio Pocho Lepratti, un militante que hizo su opción por los pobres siendo pobre, es ineludible. Es esa hormiga que aletea y bicicletea al mismo tiempo, como lo hacía Pocho en Ludueña, en las Flores o en cada barrio donde una mateada lo traía como un ángel, sencillamente humano. El Moncho, un pibe que creció bajo las alas de Claudio Lepratti en el grupo la Vagancia de Ludueña, lo recuerda: “El Pocho hace una opción de ser pobre, un pobre más. Nosotros como pobres empezamos a tener esa vos y él nos dio la oportunidad de hacerlo. Ahora tenemos nuestras voces. Lo que falta es que mucha más gente se comprometa y haga una acción verdadera, como la de Pocho. Y valorarnos y hacernos cargo de lo que hacemos”.

En Santa Fe, la impunidad se cosechó a fuego lento. Liliana Leyes, militante social, no duda en acusar a la cúpula del poder judicial. “Reutemann aparenta ser una persona callada, simple, buena, y la gente compra eso y se convence. Pero los familiares de las víctimas no pueden creer tanta frialdad”, dice Sara. Y Liliana agrega “las madres tardaron 30 años en encontrar justicia”. Pedir justicia es un trabajo de hormiga “y en algún momento van a tener que rendir cuentas”.

¿Cómo recordarlos?

Quizás, una forma sea dibujar sus sonrisas a través de símbolos, que a veces, escribe Gustavo Martinez, dicen más que los documentos o los noticieros. La hormiga es el símbolo del trabajo cotidiano de Pocho. El hormiguero, las hormiguitas, el hormigazo, una lucha de cada día. Pero dice el Moncho que la Mary le contó que a Rubén le decían tortuga. Entonces al Moncho se le ocurrió que cada vez que se pinte una hormiga, al lado, aparezca una tortuga.

“Le decían así y él se enojaba. Pero me parece que salió porque una vez la mamá no tenía qué cocinar y él se puso cocinar a sus hermanos una paloma o gallina y ahí, le empezaron a decir “por qué no haces un guiso de tortuga”. Y entonces, Sara dice a que a Walter le apodaban Canario, porque a él le gustaban los gallos y no quería que se peleen en las riñas.

Canarios, hormigas, tortugas dando vueltas, exigiendo justicia. Los familiares también reclaman una pensión económica. Es un deber del Estado y un derecho de familia. “Ellos no se dan cuenta que nos mataron al padre de familia. Y si vas a pedir trabajo, no te lo dan”.

Cuando a Mary le pregunto por su sueño, ella me mira, mientras los ojos se le van poniendo tristes dice: “quiero festejar el cumpleaños de 15 de Aldana como soñaba Rubén. Quería que llegue a los 15 con el vestido y sin novio”. Y sonríe. Todavía, por suerte, en su rostro hay lugar para la alegría.

Sara, tal vez, sueña con el presente y no tanto con ese futuro al que, presiento, le tiene miedo. “No hay que hacer planes, es lindo vivir ahora, el presente. Nosotros queremos pensar que ellos están en un lugar mejor y nosotros acá estamos sufriendo y tenemos que hablar por ellos, que ya no están”.

El Moncho apuesta al camino, a soñar por ese andar entre todos. “Cuando nosotros nos juntábamos en La Vagancia nos preguntábamos cómo nos veíamos de acá a 5 años. Alomejor con trabajo, con escuela, con más justicia. Y en este presente, tratar de construir eso.”

Sus sueños algo nos están diciendo. Será que, como cantaba la Negra Mercedes Sosa, “hablan de países y de esperanzas, hablan por la vida, hablan por la nada, hablan de cambiar ésta, nuestra casa, de cambiarla por cambiar, nomás.”


Fuentes consultadas:
Informe Diciembre 2001 - CELS
Lino Rojo - Gustavo Martínez
A dos años de la Operación Masacre (Primera y Segunda Parte) - Informe de Carlos Del Frade



Foto: Mural realizado por el colectivo Arte por Libertad
 

Publicado el: 29/12/2009

Por María Cruz Ciarniello.
Categorías:
Derechos Humanos / Documento

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    07 Jul 2010 13:17   ewgdjc
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    04 Nov 2010 12:37   uhghcj
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